Crónica Veinte Veinte.

Llevo un mes haciendo bromas con mis propósitos de Año Nuevo. Como si esta vez fueran diferentes. Como si esta vez fuera a cumplir alguno. Volver a escribir estas crónicas no era uno de ellos. Y quizás por eso mismo lo estoy haciendo.

No nos engañemos. Escribo por encargo. Como un escritor profesional, pero mucho más barato. Mis dos lectores más acérrimos me pidieron que volviera a escribir; mi correctora merece una crónica mal escrita que reventar con críticas feroces pero, sobre todo, mi vicepresidente y anhelante capitán lo sugirió sutilmente en un mensaje de texto. “He pensado que una crónica… qué te parecería hacerla…”. Y yo que soy avispado....

Sin palabras.

Soy un pirado de los deportes, de todos los deportes. He practicado muchos a lo largo de mi vida. Todos me gustan, todos se me dan regular (siendo generoso conmigo mismo) y de todos tengo una idea general de la práctica. Y entre todos el rugby me eligió. Me gustaron sus valores, recurso tantas veces utilizado y tantas veces vacío de contenido. Cada vez con más frecuencia veo en redes sociales como estos “valores” se utilizan como reclamo, como gancho para atraer practicantes –sobre todo en categorías inferiores-. Cada vez con más frecuencia compruebo como son palabras bonitas sin acciones que las respalden. Y me desencanto un poquito. Ayer volví al campo donde....

Hijos del Rock & Roll.

“Bienvenidos a la liga de Castilla y León”. Hasta en tres ocasiones se oyó esta frase en el corro de los jugadores. No fue un tono cordial y amable, un tono que dé ganas de quedarse. A veces necesitamos que nos recuerden dónde estamos y quienes somos. A veces necesitamos......

(Des)encanto.

Soy de la generación que creció con Los Simpsons, pero la generación que creció de verdad. No las generaciones posteriores que conocen los capítulos gracias a las innumerables reposiciones en televisión. Yo hablo de crecer en blanco y negro, con la emisión en La 2, por la noche, cuando estaban considerados dibujos para adultos y no podían emitirse en horario infantil. Luego pasaron a Antena 3 y la audiencia los convirtió en “nanananananana, ¡líder!”.

Crecí viendo Los Simpsons con tanta fidelidad y fervor como para lograr que mis padres aceptaran esperar a que terminaran los capítulos para poner el telediario. Son parte de mi vocabulario, de mis expresiones, de mis referencias, de mi fondo de armario e incluso de mi fe, porque “normalmente no rezo, pero si estás ahí­, por favor, sálvame Superman”.

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