Crónica Veinte Veinte.

Llevo un mes haciendo bromas con mis propósitos de Año Nuevo. Como si esta vez fueran diferentes. Como si esta vez fuera a cumplir alguno. Volver a escribir estas crónicas no era uno de ellos. Y quizás por eso mismo lo estoy haciendo.

No nos engañemos. Escribo por encargo. Como un escritor profesional, pero mucho más barato. Mis dos lectores más acérrimos me pidieron que volviera a escribir; mi correctora merece una crónica mal escrita que reventar con críticas feroces pero, sobre todo, mi vicepresidente y anhelante capitán lo sugirió sutilmente en un mensaje de texto. “He pensado que una crónica… qué te parecería hacerla…”. Y yo que soy avispado cuál Tenacillas lo capté enseguida.

Se han quedado muchas cosas sin escribir. Muchos partidos, muchos proyectos, muchas emociones. El resumen del año pasado. Partidos de esta nueva temporada, retomada después del parón navideño. Proyectos para este año. Fines de semana repletos de rugby en todas las categorías del club. La ilusionante aventura de rugby inclusivo que recién comienza… Todo eso no he escrito. ¡Valiente sinvergüenza!

Y no es que lo hubiera intentado. Simplemente las palabras no fluían en cantidad y calidad necesaria. No encontraba la historieta que me sirviera para hilar el relato. Quizás estaba mirando demasiado lejos, teniendo la respuesta demasiado cerca. Pero somos un equipo y todo el mundo aporta. Mis compañeros, comprometidos hasta los huesos, me han mandado numerosas señales que yo, sagaz cuál Pance, reconocí enseguida. Tres lesionados en las costillas después he comprendido.

“Dentro del pecho hay algo que hace bom bom. Bom bom bom bom.

Si se te para, ya puedes decir adiós”. (Homer J. Simpson.)

Buenos y disciplinados jugadores como somos; incumpliremos a rajatabla todas las órdenes de juego de los entrenadores, ignoraremos al capitán, no haremos caso al medio melé y mucho menos al apertura y, en ocasiones, desquiciaremos a los árbitros. Y todo ello lo haremos de corazón. No sabemos hacerlo de otra forma. Con la pasión en el rugby que ponemos en cada entrenamiento, en cada partido.

No hay otra forma, o no la conozco, de explicar que diez jugadores en un autobús casi vacío vayan a un partido felices y contentos. Ni de que vuelvan más contentos aún por el esfuerzo realizado. Han perdido, pero el corazón, ahora agotado, no les cabe en el pecho. Han latido, otra vez, como uno solo. Quizás por eso duelen las costillas…

No conviene olvidar que Kiko es un paquete. Ahora está en empresas más grandes y con objetivos mayores y aún así, cuando le das las gracias por acercarse a ver el partido responde: “la familia…”.

La familia… Nuestro propósito del veinte veinte está cumplido.

Cronista.