Un cuento de Navidad

El abuelo abraza a su nieta después de largo tiempo sin verla. Ha crecido tanto, ¡casi puede sostener ya un balón de rugby! No tiene dudas, en cuanto tenga la fuerza para mantener un balón entre sus pequeñas manitas, un balón tendrá en sus pequeñas manitas. Su abuelo se encargará de ello. Y la enseñará a jugar, a pasar, a placar, la explicará las reglas del juego, del sacrificio, del compañerismo, del respeto, del tercer tiempo…bueno, del tercer tiempo mejor cuando crezca un poco más.

El abuelo mira a la nieta desde sus ojos azules, respira hondo y se dispone a contar un cuento. Un cuento de Navidad. Habla con una cadencia y un acento especial, de quien aprendió un idioma que no era el suyo. Habla de un prado verde, un cielo azul, un sol acogedor y quince titanes de rosa (no es una concesión a su nieta, es el color real de sus titanes, por mucho que le pese).

Es diciembre y hace el frío propio de Ávila. Ideal para estar en casa en el sofá y no en un campo de rugby, pero un sábado a las 16.30h no nota el frío. No lo nota en sus cicatrices –ni siquiera en aquella larga que recorre un costado de su cuerpo- ni en su cadera maltrecha –esa que le ha impedido jugar desde hace demasiado tiempo-. Su sangre hierve en la banda viendo a los suyos calentar y prepararse para la batalla. Ellos aún no lo saben pero este puede que sea su último partido en Ávila.

Enfrente un rival peligroso, Majadahonda. Aunque como siempre su peor rival son ellos mismos. Él lo sabe y trata de transmitirlo una y otra vez. Concentración, cabeza y placaje. Mucho placaje. Palabras para la línea, la niña de sus ojos. Quiere un buen final que contar a su nieta.

El partido es duro, durísimo. De placajes y rucks. De melés y touches disputadas sin cuartel, sin piedad. De una veintidós a la contraria con concentración máxima, impecable. Partido igualado hasta el extremo. Transcurre la primera parte y el empate a cero continúa hasta que al saque de una touche Borja corre la banda cuál ala enclenque y acaba ensayando junto al banderín. Transformación fallida. 5-0.

El partido se reanuda y él se consume en una banda que recorre de arriba abajo –hay zagueros que hacen menos metros en el partido que él-, gritando, sintiendo cada mal pase, cada golpe y cada placaje hasta que llega un golpe franco rápidamente ejecutado por el medio melé visitante que acaba en ensayo y transformación. 5-7. Peligro, pero por una vez su mensaje ha calado. El equipo no se desconcentra, no se descompone, sigue compacto y solidario en el trabajo para conseguir, con el tiempo cumplido, un golpe de castigo que Carras transforma. Descanso. 8-7.

Su nieta lo ve suspirar. La verdad es que no entiende de lo que habla pero el brillo en sus ojos lo delata. No le interrumpe con preguntas. Está escuchando la historia de la familia de su abuelo, la historia de su familia. Coge aire y retoma la narración donde la dejó.

La segunda parte del partido comienza igual que la primera, con dos equipos queriendo jugar al rugby y nada más. Partido vistoso, de alternativas, memorable para recordar. Sabe que no lo olvidará nunca. Y en esto el partido se vuelve cada vez más duro, más intenso; el cansancio acumulado en los jugadores provocando imprecisiones y esfuerzos mayores, más titánicos, más épicos… Mediada la segunda parte llega el segundo ensayo de Ávila, tras un  maul sorprendentemente bien organizado que acaba posando David, otra vez junto al banderín. Y él está allí, a medio metro, celebrando un ensayo que dirigió, animó, empujó con todo su corazón y siente como propio. Le pertenece. Transformación fallida. 13-7.

Los cambios se suceden y va rotando a sus chavales para dar refresco a un equipo cansado de batallar pero infatigable en la pelea. El juego de delantera se hace más cerrado y el de los tres cuartos, más abierto, con más espacios para correr. En uno de esos espacios encontró Majadahonda un hueco  para colarse, ensayar y que un escalofrío recorra su espalda. La conversión puede dejarlo sin la victoria que desea en su despedida. Pero no solo a los viejos diablos les tiembla la pierna. Transformación fallida. 13-12.

El tiempo se ha detenido. Son ocho minutos, ocho, los que restan de partido pero se le hacen interminables. Melés, carreras defensivas al límite, placajes a vida o muerte. Ávila agoniza para darle una victoria que parece que no llegará nunca. El tiempo se acaba, el árbitro pita, el rugby se termina. Abrazos, saludos, felicitaciones, más abrazos, cobra gay y circulo. Nunca antes le tembló la voz, nunca le brillaron los ojos. Él sabe que la arenga no es la que su equipo espera y sorprende a muchos, muchos que no sabían que posiblemente se tendrá que ir; pero su familia no titubea y la muestra de cariño es inmediata, como un solo hombre. Abrazo y manteo –casi se queda en Ávila, pero en la Seguridad Social-. Tercer tiempo con cánticos y music-man en las alturas del Irish. Él, que es más escocés que William Wallace

La narración ha finalizado y abuelo y nieta se contemplan en silencio, sabedores de que no será la última vez que ambos compartan esta historia y revivan aquel momento. A ninguno de los dos les importa porque, como en todas las buenas historias, aquel momento no supuso un punto y final. Fue tan solo un punto y seguido.

Pascal Bertolotto – Rugby Ávila Club.

Semper Fidelis.

Cronista.

P.S1.: Sólo una duda inquieta a la pequeña. Ha oído la historia y sus protagonistas  y algo no le acaba de encajar. “Abuelo –pregunta- ¿cuál era tu nombre cuando vestías el rosa?”. El abuelo sonríe. “¿Yo? Yo era vuelcafrutas”.

P.S2.: el resultado final del partido (13-12) dejó un cántico que refleja muy bien el partido, ese que decía… Ávila tiene uno de más…un punto de más…parece poco pero es fenomenal… ¿o no era así?...los golpes en la cabeza es que me dejan…