Sin palabras.

Soy un pirado de los deportes, de todos los deportes. He practicado muchos a lo largo de mi vida. Todos me gustan, todos se me dan regular (siendo generoso conmigo mismo) y de todos tengo una idea general de la práctica. Y entre todos el rugby me eligió. Me gustaron sus valores, recurso tantas veces utilizado y tantas veces vacío de contenido. Cada vez con más frecuencia veo en redes sociales como estos “valores” se utilizan como reclamo, como gancho para atraer practicantes –sobre todo en categorías inferiores-. Cada vez con más frecuencia compruebo como son palabras bonitas sin acciones que las respalden. Y me desencanto un poquito. Ayer volví al campo donde fallé mis primeros placajes para que me volvieran a recordar, casi quince años después, el motivo para elegir el rugby.

Era la primera vez que el Rugby Ávila Club visitaba Valladolid en partido oficial o amistoso. Era la primera vez que este modesto equipo iba a jugar en la capital del rugby español y la tensión se notaba desde los entrenamientos de la semana previa. Bajar del autobús en Pepe Rojo es respirar rugby. Nuestro anfitrión de ayer, SilverStorm Salvador fue un excelente rival fuera y dentro del campo. Un club ejemplar en el trato ofrecido desde el primer minuto hasta que abandonamos el tercer tiempo, avergonzados, por dejar comida en los platos.

El partido tiene una historia que contar, pero no es cómo se desarrolló el partido, ni el resultado. Pocas veces en mis crónicas lo es, como ya sabrán mis followers. Para los puristas sirvan estas líneas. Corrieron más rápido (no más distancia que nosotros, detrás de ellos), se recolocaron más deprisa y fallaron menos placajes. 58-0. No puedo imaginar ningún otro deporte donde después de recibir semejante paliza la primera palabra que me viene a la cabeza sea orgullo. Creo que grito muchas broncas y se lo digo poco pero estoy muy orgulloso de mis compañeros. Fuimos a enfrentar un grandísimo equipo con dieciséis jugadores, dos flankers  en la línea y un pilier de apertura –nuestro sueño de jugar con quince delanteros cada día está más cerca, toma nota Juan Carlos Pérez J - y nos encontramos muchas adversidades durante el encuentro, tantas como para acabar los últimos veinte minutos con trece jugadores.

En este ingobernable equipo la adversidad es sinónimo de esfuerzo, sacrificio, compañerismo,  trabajo en equipo e incluso, en ocasiones como ayer, buen juego. Más esforzados y comprometidos que siendo quince sobre el campo. El despliegue sobre el terreno de juego fue tal que, según me cuentan, incluso los aficionados del chami encontraron palabras de elogio para nuestro esfuerzo. Correr y placar hasta que aguanten las fuerzas, sólo quiero eso. No es mucho, es todo. Perder con la cabeza alta y la conciencia tranquila.

Pita el árbitro, aplaudes en el pasillo y piensas que dirás a tus compañeros cuando se acerca Víctor y te dice que quiere hablar en el corro. No ha podido terminar el partido porque un golpe en la cabeza le “apagó la tele” y medio conmocionado, mareado y tartamudo pide perdón al equipo por haber salido del campo, no haber podido continuar y haber dejado a sus compañeros haciendo su trabajo. Entonces te das cuenta, tú, gruñón oficial del equipo, porqué elegiste este deporte y no otro, sientes un orgullo inmenso y te quedas sin palabras.

Cronista.

p.s.: Ánimo Víctor, recupérate pronto. Siempre en mi equipo.